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Las torceduras lo quebraban, el cuerpo ya no aguantaba. La fenta del Nilo lo calmaba, y su veneno le daba un abrazo frío. Aunque sabía que lo mataba, no le importaba, porque al final, en cada dosis encontraba su último refugio. Nadie entendía cómo aquel luchador se había convertido en un espectro, un esqueleto obsoleto que ya no encontraba su lugar. Cuento tras cuento, hablaba de sus hazañas, pero al final, las palabras eran solo ecos perdidos entre copas y pastillas.
Al final...
El Chango que todos admiraban se había ido, dejado atrás en un ring de recuerdos borrosos y vacíos. La máscara del guerrero estaba tirada en el suelo, como símbolo de una vida rota, de un héroe que ya no peleaba. En la oscuridad de la noche, escuchaba el susurro de su propia rendición, el Tango que lo llamaba a descansar. Al final, no quería más luchar, porque en la batalla contra la vida, se había quedado sin fuerzas, sin razones, sin nada.
Al final...
La noticia de su muerte recorrió la ciudad, pero nadie se sorprendió. Al final, el Chango Purépecha no había caído por un rival, sino por las manos invisibles del tiempo, el olvido y su propia desesperación. La máscara tirada, el Chango había dado su último suspiro. Un aplauso lejano, un grito que nunca llegó, y al final, solo quedaba el silencio de una vida que se apagó sin rival.
MI FINAL
SOLEDAD
TOTAL
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