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Las noticias de Tenochtitlán resonaron aquella mañana gris: "Encuentran muerto al Chango Purépecha en una cantina de la Guerrero." Un nombre olvidado por muchos, pero grabado a fuego en los corazones de quienes alguna vez lo vieron en su apogeo, saltando del ring con la fuerza de un rey. Al final, el Chango había caído, no en el cuadrilátero que lo hizo famoso, sino en el rincón oscuro de una cantina, rodeado de botellas vacías y fantasmas del pasado.
Al final...
El Chango Purépecha, el luchador que llegó desde Michoacán sin miedo, sin pudor, con la juventud ardiendo en sus venas, fue encontrado solo, con la máscara tirada a un lado, un trago a medio terminar y los ecos de su vida resonando en la penumbra. Al final, era solo un viejo atrapado en su dolor, su nostalgia tóxica y su horror, deambulando por las calles y las cantinas, buscando en cada esquina algo que nunca volvió.
Fui rey de los rings, un guerrero temido, pero al final, no soy más que un eco, un luchador vencido. Al final, la muerte ya lo había encontrado en la soledad de una cantina oscura.
Al final...
La noticia de su muerte recorrió la ciudad, pero nadie se sorprendió. Al final, el Chango Purépecha no había caído por un rival, sino por las manos invisibles del tiempo, el olvido y su propia desesperación. La máscara tirada, el Chango había dado su último suspiro. Un aplauso lejano, un grito que nunca llegó, y al final, solo quedaba el silencio de una vida que se apagó sin rival.
MI FINAL
SOLEDAD
TOTAL
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