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CAPITULO UNO
Desde mi perspectiva de un artista iniciado y un escéptico de más de 60 años, quiero compartir una visión que, aunque personal, pretende ser seria y didáctica. Mi recorrido me ha llevado a creer en un Creador Supremo, un ser que concibo como un artista y arquitecto, con quien siento una simbiosis práctica para crecer y aprender en el máximo juego de la existencia. Esta creencia me define como teísta, pero no religioso. La diferencia radica en mi rechazo a la religión organizada, que percibo como una herramienta de control y manipulación.
Para mí, el Creador y yo estamos intrínsecamente conectados en un viaje continuo de descubrimiento y creación. La existencia se presenta en múltiples planos, cada uno ofreciendo oportunidades para el crecimiento y el aprendizaje. Mi visión del teísmo no está ligada a dogmas, sino a una experiencia personal y directa con lo divino, donde el arte y la arquitectura del universo se revelan a través de la creatividad y la introspección.
La religión, desde mi punto de vista, es una manifestación de la ambición de control. A lo largo de la historia, la humanidad ha desarrollado diversas herramientas para guiar y estructurar la sociedad, entre ellas la religión, la democracia y las fronteras culturales. Sin embargo, estas herramientas no son universales ni adecuadas para todos. Existen individuos, como yo, que encuentran en la libertad personal una vía para el crecimiento y el descubrimiento de la verdad.
La verdad nos libera, mientras que la mentira nos esclaviza. Las instituciones educativas, como las escuelas y academias, a menudo no nos educan en el sentido auténtico de la palabra. Más bien, nos adoctrinan y confunden, preparando a muchos para una vida de docilidad y obediencia. Para algunos, este camino es aceptable y suficiente, pero no para todos.
En la libertad del individuo yace la capacidad de crecer y de enfrentar las estructuras establecidas. Los iconoclastas, aquellos que desafían las normas y las creencias aceptadas, son esenciales para el avance de la humanidad. Al romper con los límites y cuestionar lo establecido, nos acercamos más a la verdad y a una comprensión más profunda de la existencia.
Creo firmemente que todo lo que somos y logramos se construye a través de las herramientas que hemos ido coleccionando en un proceso que abarca muchas vidas y cuerpos. Este proceso se asemeja a asistir a una escuela cósmica. Uno de los grandes arcanos radica en entender que todo es un magnífico y bien planeado juego, inventado por el Creador Supremo en su eternidad de omnisciencia incompleta. Este juego de la vida, con el libre albedrío como ingrediente sorpresa, está lleno de detalles armónicos de belleza ineludible y perfección biológica.
Como arquitecto educado en el funcionalismo de finales del siglo XX, reconozco la inmensa originalidad y perfección funcional y formal del universo. En cada detalle, percibo la presencia del Creador Supremo. Este reconocimiento me brinda la confianza de saber que formo parte de su intención en este gran teatro de la creación. Me siento libre, como primera forma de vida en la vida, con un cuerpo como herramienta, una mente como sistema operativo y un espíritu como fractal del ser. Aspiro a cumplir un papel en el infinito mar de posibilidades, llenando el vacío de la omnisciencia incompleta, también llamada Fuente.
El juego es el gran motivo de la existencia, y conocer las reglas nos permite entender mejor el juego y disfrutarlo más. Al Creador Supremo le entretiene nuestra capacidad de ser libres y de, de muchas maneras, lograr aspiraciones mutuas en este y otros planos de la existencia. Este capítulo inicial, titulado "Teófilo", marca el eje y motivo de todo lo que vendrá después, explorando la simbiosis entre el artista humano y el Creador Supremo en el gran juego de la vida.
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